Propongo una analogía:
"Algún día explotará. Nuestro tiempo de vida es como una bomba cuyo segundo final no conocemos, una cuyo reloj camina en cuenta regresiva. Mientras nosotros contamos años y sumamos días, esta arma descuenta fracciones de tiempo a su momento último. Nuestra vida es como un edificio lleno de cuartos, pasillos, bobedas y balcones. Puertas y puertas que se suceden unas a otras. Puentes, caminos y andamios que nos conectan a una urbe, a otros edificios. Cuartos que construimos encima de los que ya tenemos. Pisos que llegan más alto conforme ganamos años, puentes que construimos para ser parte de una ciudad".
Dentro del edificio los cuartos guardan cosas, situaciones, sueños, miedos, ilusiones... Todo con lo que decidamos llenarlo. Tal vez duela pensar que cuando la bomba explote todo eso que tanto trabajo nos había llevado acumular y acomodar se vaya inevitablemente... pero sabemos que sucederá.
En algún momento esta bomba explotará (sin nuestra autorización y con un poco de mala suerte, sin previo aviso) y borrará todos los cuartos de nuestro edificio, a pesar de lo que hayamos construido. Pero no importa tanto que algún día explote, llevándose en su haz de destello lo único que conocemos y que nos acompañará hasta ese día: Nosotros mismos, o respetando esta analogía: El edificio. (Se necesitan espacios para nuevas construcciones)
Tal vez en la última puerta que aún no se ha abierto del edificio, en el más reciente puente que se ha construido en el siguiente piso que se ha proyectado se guarde una esperanza: La que de la explosión, aunque sea gravísima, deje algo apuntalado...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario