sábado, 7 de marzo de 2009

La felicidad como una jaula

Un día en esta semana, el miércoles sino recuerdo mal uno de los pájaros que mi mamá mantenía como mascota encontró que el agujero en el que usualmente le era depositada (trozos de papaya que le ponían en los barrotes) era lo suficientemente amplio para fugarse, y lo hizo. Los ácidos de la fruta o los residuos y las bacterias que los consumieron trozaron los barrotes lo suficiente como para que el pajarito pudiera irse sin perecer en el intento.

No se si nació en cautiverio o fue atrapado. Pero llevaba con nosotros ya bastante tiempo como para haberse acostumbrado a que se le alimentara a diario a una hora y con cierta variedad. Sin lugar a dudas también estaba a salvo de cualquier niño con resortera y de las inclemencias del tiempo. Tal vez no estaba exento de pescar alguna enfermedad, pero parecía bastante saludable y jamás enfermó de algo mientras estuvo cautivo. Parecía ser que lo único que tenía seguro era alimento hasta el día de su muerte y la misma rutina del cambio de agua, de alimento y de periódico al suelo de la jaula.

Ahora está afuera (si es que sigue vivo) y tal vez pase hambre. No se que tanto pueden deteriorarse las capacidades de supervivencia de un animal que ha pasado un largo tiempo en cautiverio, pero posiblemente también ya encontró alguna otra fuente de alimento.

A algunos de nosotros nos gusta encontrar jaulas... en donde tenemos alimento seguro, estamos resguardados de las fatales piedras de las resorteras y del resto de inclemencias del clima. Por un sencillo y contundente precio a cambio: La libertad, la facultad de decidir que hacer a cada momento para poder sobrevivir. Nos gusta encontrar pequeñas pero confortables jaulas ideológicas, vivenciales, formas de vida en las cuales aseguramos alimento y una muerte tranquila dentro de nuestras prisiones. Jaulas en las cuales le otorgamos a los demás un comportamiento dentro del cubo, donde prometemos no hacer daño, no huir, solo cantar, no hacerse notar, a cambio de que se asegure nuestro alimento: aquellas que inventamos nosotros mismos para guarecernos de esa cadena con la que hemos nacido, estar condenado a ser libres.

Y para muchos verse librados del lastre de la libertad (con todos sus avatares) a cambio de una confortable jaula, puede parecer una felicidad perfecta.

Solo te deseo suerte pollo (así de complejo era su nombre) te felicito por respetar tu condición de haber nacido libre pero recuerda... la jaula todavía está en su lugar.

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