Algunas veces he afirmado que viajar es el mejor placer del mundo. Nada como conocer nuevos lugares o regresar a aquellos a los que amas. Si los viajes guardan sorpresas creo que son mejores aún.
Antier, estando todavía en las playas de Chamela me despertó uno de mis tios y salí corriendo por la playa. Es la segunda vez en mi vida que me toca dormir a menos de 20 metros de donde revientan las olas. Así es que cuando escuché que había una caguama en la playa, salí corriendo para verla, aún sin haberme despertado bien. A la distancia alcancé a ver un pequeño montículo sobre la arena. Estaba como a 400 mts de nuestro departamento. Mi tio se adelantó de nuevo y pudo retener por unos momentos a la tortuga, misma que pude ver y tocar. Era una hembra de casi un metro de largo. Es un animal enorme. La pudimos retener unos momentos para que el resto del grupo, que venía atras pudiera verla. Me sentí feliz en ese momento, poder ver un animal de ese tamaño, tocarlo, sentirlo y además ver como se volvió a sumergir en el agua después de que lo dejamos ir.
En la noche de un día antes había visto un sapo en el lugar que se usa para enjuagarse los pies de arena. El animalito encontró que era buen refugio nocturno y tuvo la gracia de brincar justo cuando pasabamos por ahí, para poder verlo en libertad. Y un día antes unos delfines nos habían dado espectáculo al brincar frente a nosotros en la playa.
Ver la naturaleza en su estado, poder estar cerca de ella, tener la fortuna de tocar una tortuga adulta de ese tamaño, tal vez no sea algo del otro mundo para los que viven en ese lugar, para mi es algo muy significativo, y también, una pieza más de lo que sigue estando compuesta la felicidad.
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