lunes, 3 de agosto de 2009

Como el vuelo de la golondrina

Creo que pude identificarte desde el primer día que te vi. Mi vista aún a ocho metros no es tan buena y te adjudiqué una imagen mental que no era la que tenías. Mi oído es mucho mejor, de tu voz si recuerdo el primer sonido. Posiblemente pueda recordar mejor los tonos de tu voz que la misma imagen que me grabé de ti entre tantas veces que te vi.

Tu nombre lo pude memorizar rápido, porque es clásico y sencillo. Las sinalefas te jugaron una mala pasada en el intento de conseguir un verso para soneto. Pequeñas incoherencias de la vida.

Del resto nunca pude saber tanto, la estructura que tiene mi cerebro de ti es como un cuerpo que observa desde el fondo de una piscina en donde únicamente ve el vuelo del pájaro casi hasta que este ha tocado la superficie para beber agua. El resto es solo distorsión. Ruido.

Por eso me sorprende aún más el poder de este aleteo. La fuerza de gravedad de la golondrina que posa por dos décimas de segundo la punta de sus alas en la ondulante superficie. Tal vez mi fascinación es mayor desde el día en que tu figura volvió desde los más olvidadas estructuras de mi mente con la fuerza vital de un volcán al estallar, con la blancura de un monte al nevar, con la improbable visita de tu figura como erotismo puro... recordándome porque amo la vida...

Por cierto, me encantan las golondrinas.

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