Dejando de lado a los amantes coléricos y cuya visión está cegada por la pasión; poniendo aparte a los fanáticos que pueden derramar hasta el último mililitro escarlata de sus venas (cuyo torrente al parecer nunca fue suficiente en la parte más alta de sus cabezas) ¿Queda todavía un grupo, o un sujeto por lo menos, cuya acción deliberada hacia la violencia como medio de incitación al cambio pueda ser justificada, deseable, casi indispensable?
Mi titubeante respuesta sería que sí. No puedo decir que solo a través de la violencia se puedan llegar a realizar cambios estructurales, ni que tampoco sea el medio más rápido, ni tampoco el más efectivo... ni que los cambios generados a través de un movimiento violento tengan los resultados más duraderos y muchas veces aquellos que el rebelde buscaba. (Aunque de cero a uno existe un cambio porcentualmente infinito, si se me permite utilizar esta alegoría)
Pero en ocasiones la violencia, la manifestación súbita y explosiva de un rencor almacenado en la memoria personal o colectiva de un individuo por años, es el único mecanismo que hace recordar al opresor que hasta en el ser que él atribuía una importancia ínfima radica una conciencia propia de dignidad y de justicia. O como reza el refrán popular: "El valiente vive hasta que el cobarde lo permite" Y esto podría aplicar no solo con seres humanos...
Recuerdo el caso de un elefante de circo, que tras vivir toda su vida bajo el yugo del domador decidió un día saciar su ira (o su frustración, o su dignidad gregaria o aquello que su cerebro le dictara debía de resarcir) destruyendo todo lo que a su alrededor le recordara a un ser humano. Autos, personas, vallas... todo era destrozado bajo las patas del paquidermo. El célebre animal (cuya fama inició cuando su cuerpo yacía frío en el piso de una grúa) terminó su fuga unas cuadras más lejos, fulminado con el plomo y níquel de una escopeta.
No deseo ver más elefantes machacando personas bajo sus arrugadas patas, ni sublevados esclavos cortando el cuello de sus postreros amos, ni amos poniendo grilletes más pesados en los tobillos de sus esclavos y mucho menos ver que este ciclo se repita hasta el infinito... Pero creo que la justicia tiene una raíz biológica y la naturaleza tarde o temprano puede volver a balancear aquello que estaba desequilibrado: como calentamiento global por el dióxido de carbono en la atmósfera; como queratina pura en el muslo del torero; o como la mujer que le clavó diez estocadas en la espalda al hombre que desde hacía años la violaba...
Y pensándolo bien, a veces el júbilo de observar como el oprimido sacó a relucir su maltratada dignidad y venga por una vez su ser, nos recuerda que el derecho a iniciar una revolución yace más cerca de lo que creemos a nuestro instito de supervivencia. A nuestro ser natural.
"Aplastad al infame"... Recomendó Voltaire alguna vez.
sábado, 1 de agosto de 2009
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La vida misma es el más precioso de todos los tesoros. Los demás tesoros del universo entero no pueden igualar el valor de una sola vida humana. Diría Nichiren.
ResponderEliminarEn cuanto a libertad, je. El silencio es siempre la medida de mi ignorancia, pero también lo es de mi interés y admiración.
Nota: Jeje, ¿Acaso pensó en Voltaire instruyendo a Ganesha?
JRA